CampoUrbano
Un cuento de ahora
Son las 12 del medio día, el reloj le pesa en la muñeca delgada, como el ratito que falta para que toquen la campana (como decimos los pibes).
Hace calor, el sol cae a plomo sobre calle polvorosa, invadida por el cotorreo de las madres que esperan a sus hijos, en la puerta de aquella escuela, custodiada por alguna chicharra que desde el sauce, le hace el aguante a la campana que se hace rogar.
En el patio de aquella escuela, siete filas de chicos y siete filas de chicas separados por grados y de menor a mayor, están formados con exacta prolijidad mientras la bandera baja del mástil imponente, al ritmo de alguna canción patria que suena desde un disco de pasta que lo hace sonar, el pequeño y único tocadiscos que algunos solo, habían visto alguna vez.
Los campanazos, le dan alegría a esas madres ansiosas de ver a sus pequeños hijos nuevamente, revisarles los cuadernos y preguntarles si comieron la sorpresa que les dejaran en la valija para el desayuno.
En el camino de la escuela a casa, algunos caminaban hablando con sus madres y otros, regresaban con compañeros vecinos, programando que hacer a la hora de la siesta.
Ah, las horas de la siesta eran de aventuras…
Pero le pesaba el reloj en la muñeca, ni pensar dejarlo en casa para salir a jugar. Era el primer tesoro que le obsequiara su padre. Aunque no era necesario llevarlo, porque cuando comenzara a caer la tarde, el silbido particular de su abuelo, lo llamaría a tomar la leche.
Después del almuerzo, aunque le pesara el reloj incómodamente en la delgada muñeca, había que ir a comer moras negras, o a recolectar peras silvestres para hacer compota. O a pescar mojarras y jugar a comerlas fritas. O a jugar a pelota… Aunque le pesara el reloj en su muñeca, jamás se lo sacaría.
Ganar la calle era una gran aventura. Y bañarse, el peor castigo. Había que desnudarse y sentarse en un gran fuentón de hojalata lleno de agua casi tibia, y con el misma agua, después de meter los pies llenos de tierra y el culo mal limpiado con papel de diario después de haber cagado entre los yuyos. Lavarse la cara, la cabeza, detrás de las orejas y el resto del cuerpo, con el agua ya jabonosa, intentar enjuagarse. Eso si, le quedaba olor a jabón, aunque le pesara el reloj, porque como era water resistant, ni para bañarse se lo quitaba.
Y después de la hora de la siesta, según fuera la estación del año, se sentaba en la puerta a realizar alguna actividad con su abuelo. En verano comer sandía por ejemplo…
Si quería ganar una moneda, eso era muy fácil, había que caminar por las calles y juntar huesos, o vidrio, o papel plateado o dorado de las marquillas de cigarrillos, que se la vendía al señor de la verdulería, vaya uno a saber para que… O cuidarle sus vacas, algunas overas (holando-argentinas) a las cuales seguramente ordeñaba el verdulero.
Y si le hacía algún mandado a las visitas, seguramente le regalaban el vuelto.
Paco era un amigo que se llamaba Francisco, también le decían pancho, pero como pancha era su hermana, le había quedado paco.
Fumar, era otra aventura que se saboreaba, cuando alguno encontraba una colilla de cigarrillo, ni pensar en encender uno nuevo, ni se imaginaban haciéndolo, lo cual hubiera sido muy fácil porque marquillas llenas en la casa de cualquiera había. Pero la aventura era de solo una pitada. Y si justo en eso momento los llamaban, y sus madres les sentían el olor a humo de tabaco, flor de paliza se comían…
Era una aventura comer la semilla del hinojo silvestre, muy parecido al anís. O el tallo sabroso… Nunca pensaron en otra cosa que descubrir lo que la naturaleza les tenía escondido para que ellos encontraran y disfrutaran.
Cuadernos llenos de pautas, cuentos, cuentas, dibujos, historias de lo cotidiano. Hijos de familias a quienes les importaba y vivian por su familia. Célula fundamental de toda sociedad…
Hoy, después de casi 40 años, ya no tiene aquel reloj pesado que le obsequiara su padre. Conserva solo, algunos valores grabados a veces, a fuerza de golpes. Algunos otros, después de casi 40 años, se da cuenta que, después de transitar un largo camino lleno de curvas, baches, ripio, y escenarios maravillosos también, al final el viejo tenía razón…
Y ve a los hijos de la calle, esa nueva raza sin pasado, sin presente y sin futuro aparente, perderse de las pequeñas cosas que en definitiva son grandes cosas que nos prepara la vida para disfrutar y no para padecer y sufrir.
Hoy, el pesado reloj ya no pesa en la muñeca, pesa en el corazón y repica a cada segundo como aquella campana pidiendo a gritos volver a la familia. A la cosa simple. O a las simples cosas.
No sabe, si se puede recuperar lo que se ha hecho tanto daño. Generaciones de costumbres hacen una raza, una nación dentro de otra nación. El dolor genera resentimiento, bronca, odio extremo, a tal punto de no valorar la vida porque vivir es sufrir permanentemente. Y paco, ya no es el amigo de la infancia, paco es el verdugo mas atroz que mata con cruel agonía.
Pero es un verdugo más, no es el único. La indiferencia actúa en complicidad, y la soberbia es una aliada fundamental. Es hermana del ego, prima hermana egoísta de la inequidad, injusta pretende ignorar que la muerte lenta, se apodera de un paisaje que acoge la muerte misma en cada esquina, en cada tic tac, de algún reloj que ya no existe.
Los hijos de la calle, los padres de la calle, los abuelos de la calle. No somos más, que nosotros mismos mostrando nuestras miserias.
Los pibes chorros? Familias enteras encuentran en la desesperación el camino más a mano para no morir o para hacerlo mas lento.
La indiferencia es la ceguera del alma. Ignorar una realidad con la que se tropieza todos los día de la vida termina siendo parte del paisaje, de un paisaje de cadáveres que pasan entre la gente, entre gente que ya no tiene sensibilidad y el corazón marchito de obscena vanidad.
Que se detengan todos los relojes si es que ya no somos capaces de hacer nada por otro ser humano que no sea otra cosa que mirar sin ver, con la insensible sensación que es parte del entorno.
Dedicado a mis hermanos de la calle.
Marcelo Yuffré